Una ciudad gris, casi fantasmal en invierno, que a veces la nieve viste de blanco, un blanco que cura, tranquiliza e ilumina el paisaje.
Y aquí estoy, de vacaciones en casa.
En este sitio que solía llamar “mi casa”.
Esta ciudad que me ha visto crecer y huir.
La Chaux-de-Fonds, 1000 metros de altitud en la frescura de las montañas suizas, 15 minutos de la frontera francesa.
Calles desiertas y aceras heladas. Mi infancia.
Regreso allí donde todo empezó.
Acabo de pasar de frío, de reencuentros, de fiestas de familia, de nieve que no había visto desde tanto tiempo, de redescubierta de todos estos sitios que tanto me gustaban.
Mi primera Navidad en familia en dos años. Es agradable. Es curioso. Todo cambia.
He aprendido que irse significa enterrar el pasado.
Que aunque creamos que todo será como antes cuando regresemos, nunca volvemos a encontrar las cosas tales y cuales las hemos dejado.
Entonces aprendemos a disfrutar del momento, a vivir hoy como si fuera el último día, a disfrutar de cada copo de nieve.
Ahora toca avanzar, eso sin olvidar lo que nos ha creado.
Gracias pequeña Suiza, mi país, el que conozco y entiendo como ningún otro…