El viejo señor Thompson tenía setenta y cuatro años durante el invierno en el cual se murió su mujer.
Ella tuvo sesenta y nueve años.
Habrían celebrado sus bodas de oro el verano que habrían venido y era una pareja callada y afectuosa.
Fue la bronquitis la que le eliminó, con la ayuda de una semana de la niebla de noviembre y de la mugre industrial y humo de Cressley.
La muerte de la mujer casi le eliminó a Thompson también.
Era un hombre transformado.
Siempre era activo, los años no le pesaban y tenía las mejillas enrojecidas de buena salud, pero ahora pareció envejecer por una noche.
Pareció secarse y doblarse como un árbol a cuyas raíces falta el agua.
De repente las manos fueron inciertas y desmañadas, cuando antes habían agarrado cosas con seguridad.
El mundo que lo rodeaba pareció perder interés por él.
Se puso silencioso y insociable.
Se sentó durante muchas horas en su sillón con respaldo de madera en torno al fuego, y nadie supo en qué pensaba en su silencio.