La divulgación de las tendencias realistas en la pintura española de los siglos XVI-XVII ocurrió gracias a las leyes de la tradición nacional.
Las obras de Ribalta son llenas de la sensación de realidad y al mismo tiempo ascéticas.
La España de Ribalta fue el primer brote del siguiente auge de la pintura española.
Ante todo hablamos de Ribera y Zurbarán.
Lo que les une es lo que constituye la originalidad del realismo español: la renuncia de la presentación idealizada de los protagonistas, verosimilitud en plasmar la vida sobre el lienzo, atención a la natura, interés por el carácter de los personajes y su mundo interior.
Las obras de Zurbarán son más reservadas que las de Ribera.
Zurbarán a menudo pinta las escenas de la vida monástica.
La sencillez y equilibrio de la composición, donde las figuras descomunales se sitúan paralelamente al plano del lienzo en un espacio cerrado, corresponde al espíritu de las escenas estáticas.
La pintura de Zurbarán carece de fantástico: cada imagen es realista.
Los bordes entre seres humanos y santos desaparecen.
Zurbarán también destacó como el pintor más reconocido de bodegón del siglo XVII.
Podemos ver la misma sencillez en la composición, pero los trazados de los objetos, su armonía de colores y formas encarna las reglas principales del género: la integridad y belleza triunfante de la naturaleza muerta.