A partir de aquel momento, Gaspar supo que no era más el mismo.
Ahora, acompañaba el mayor de los niños quando este llevaba el rebaño hacia el centro de la llanura.
Se marchaban todos los dos de madrugada, y cruzaban las hierbas altas.
Abel lo guiaba a él haciendo silbar su tirachinas por encima de su cabeza y Gaspar contestaba con su propio tirachinas.
A lo lejos, sobre las primeras dunas, los perros salvajes habían localizado una cabra extraviada.
Sus ladridos agudo rompían el silencio.
Abel corría sobre las piedras.
El más grande de los perros ya había atacado la cabra.