El olor y el humo y el sudor de una casa de juego provocan sensaciones de la náusea a las tres de la mañana.
Entonces el desgaste del alma producida por apostar mucho - una mezcla de la codicia y del miedo y de la tensión nervosa - se hace insoportable y los sentidos se despiertan rebelándose contra ella.
De repente James Bond supo que tenía sueño.
Siempre sabía cuando su cuerpo o su mente habían hecho suficiente y siempre actuaba cuando se daba cuenta.
Se movió discretamente de la ruleta con la que había estado jugando e iba a pararse un momento en la barra de latón que rodeaba la mesa de los importantes en la sala privada a la altura del pecho.
Le Chiffre todavía jugaba y según parecía, todavía ganaba.
Había un montón irregular de molteadas placas que tenían un valor de cien millón.
En la sombra del grueso brazo izquierdo, se enclavaba una pila discreta de las grandes amarillas, cada una que valía media millón.
Bond miró el perfil impressionante y curioso durante un rato, y entonces se encogió de hombros para aliviar sus pensamientos y se movió.
La barrera que rodeaba la caja alcanza la altura del mentón y el cajero, que generalmente no es sino un cajero sin importancia, está sentado en una banqueta indaga en el montón de billetes y de placas.
Se encuentran en los estantes.
Están en un nivel, detrás de una barrera protectora.
El cajero tiene un garrote y una pistola para protegerse, y saltar por encima de la barrera y robar algunos billetes y por saltar por encima de ella otra vez y escapar de la casa de juego a través de los pasajes y puertas sería imposible.