La mañana siguiente me levanté, abrí las cortinas y me confrontó la luz lacerante del sol sobre el hielo cubierto de nieve del lago del Superior.
El cielo despejado.
La vista deslumbrante.
El gigante hombre de piedra dormía ahora sobre una lisa sábana blanca, no sobre el lecho oscuro y texturado de agua tenue que recordé de mis llegadas veraniegas.
Una neblina fina cubrió su cuerpo.
Todo lo demás era claro, preciso, y doloroso cuando lo miré debajo de la luz que reveló, entonces cegó.
Hasta cuando di la espalda a la bahía seguía el resplandor, irrumpiendo por la gran ventana y por la habitación.
No había nada en mi bagaje de la costa norteña me había preparado para la lucidez de esta temporada.
Mi edad era obvia a todos desde la mirada en mi cara como en un espejo despiadado de un hotel.
Apenas reconocí las propias manos.
Después del desayuno, caminé sobre la nieve chirriando, yendo de acá para allá en la Calle Cumberland, iba y volvía de tiendas hasta que me topé con un par de binoculares en una tienda de objetas usadas.
Fueron bien usados y eran de un soldado de la Gran Guerra, todavía con las instrucciones originales para su uso guardadas en su caja de cuero, en esa pesadilla.
Pero eran de un estado perfecto.
El tendero me dijo que la temperatura era a treinta grados menos cero.
Pero el sol, la blanca llamarada, estaba de todas partes y así el frío pareció irrelevante.