Hace un año, cuando las hojas de 2012 se estaban poniendo rojas con los golpes del sol, yo daba mis primeros pasos lejos de casa.
Otro país, otra ciudad, otras costumbres.
El agobio de los primeros días se fue rápidamente y dejo su sitio a la descubierta y al asombro.
Mis primeros paseos no me llevaban mucho más allá que el final de la calle: miedo a perderme en una ciudad tan grande, tan ruidosa, tan agitada.
Pero no tarde mucho a atreverme a salir a por más aventuras.
Pasear por las avenidas, cruzar las calles del centro, descubrir los parques y sus mil maravillas.
Me encantó Madrid desde el primer segundo.
Hace una año aún tenía una visión incompleta de la ciudad, de todos sus barrios que veía como piezas sueltas, aisladas las unas de las otras y que hoy en mis ojo forman un solo grande y hermoso puzle.
Hace un año, aprendía a conocer a la gente.
Me las apañaba para hacer nuevos amigos.
Aprendía el idioma, las costumbres, la vida de aquí.
Pero todavía me sentía perdida, todo era nuevo.
Descubría sensaciones, impresiones: el viento en los árboles que hace un ruido nuevo, los rayos de sol que dan una luz distinta a la ciudad, las calles que huelen a algo diferente, sonidos que no conocía, y todo se mueve tan rápido…
Hace un año, aún no lo sospechaba pero acababa de dar un paso enorme hacia el futuro.