Hace tan solo un par de semanas os comunicaba mis ganas de ir a visitar Annecy, en el este de Francia, cerca de la frontera suiza.
Pues mi deseo ya se ha hecho realidad.
El pasado fin de semana mi mejor amigo me llevó allí, y no estuve decepcionada (Gracias Isma ;))
Annecy es una ciudad fresca, refinada y colorida.
En una palabra: ¡es adorable!
Perdida en un cocón de montañas nevadas, bordeada por un gran lago y atravesada por pequeños canales donde unos cisnes majestuosos chapotean felizmente, tiene la humildad de las ciudades pequeñas y el encanto de su pasado.
Sus casas de piedra se siguen a lo largo de las calles pavimentadas bordadas por arcos donde los artesanos exponen sus productos.
Puentes pequeños cruzan los canales por intervalos regulares y puertas arqueadas nos llevan de una calle a la siguiente.
Los edificios son viejos, cuidados, coloridos, y conservan una belleza venida de un tiempo muy lejano.
El castillo reina en la ciudad desde la colina, invencible y difícil de alcanzar siguiendo las calles abruptas que uno escala maravillándose de los arbustos y jardines que se deslizan entre las casa antiguas.
La cuidad es un descanso, goza de una tranquilidad reconfortante y de una frescura vigorizante.
Es agradable pasear allí, pisar las piedras de las callejuelas, pasar bajo arcos antiguos y encima de puentes estrechos, levantar los ojos y ver los elegantes carteles de los restaurantes y tiendas temblando en el viento, entrar en una taberna adornada con mobiliario de madera y manteles de cuadros para probar la deliciosa (pero nada ligera) comida local.