Nunca se había llamado la Tierra "el planeta azul" de manera tan acertada hasta entonces.
Los oceanos recubrían la casi totalidad de su superficie siendo las cúspides de las más altas montañas los últimos testimonios de su pasado.
Los humanos se amontonaban en ellas en casas destartaladas que sin embargo parecían desafiar cualquier noción de gravedad.
Por supesto, este espacio no era suficiente para acoger a todos.
Por eso, algunos se habían instalado en pequeñas embarcaciones improvisadas que nunca se alejaban mucho de los montes por si acaso una ola amenazaba con engullirlas.
Otros vivían en especies de burbujas que flotaban en el cielo, proeza arquitectural inspirada de las propiedades de los imanes que se repelen.
Se encontraban fuera de todo alcance de cualquier ola y no sufrían las consecuencias de los terremotos.
Sólo las personas más ricas e influyentes de la sociedad podían regalarse una vivienda en lo que llamaban, no sin ironía, las "altas esferas".
De hecho, la altura del espacio de vida resultaba reflejar la posición en la escala social.