A aquel día niebloso sucedió una noche fría y úmeda, de las que dejan en la piel gotitas de agua caídas de no se sabe donde.
Diego iba caminando con prisa, sumando pasos cada vez más rápidos, soñando con su llegada a su habitación, con aquel lugar cálido, con la dulzura de la alfombra que rozarían sus piés descalzos.
Mientras caís las primeras y pesadas gotas de un nuevo temporal se lanzó hacia la boca de metro.
Cuando hubo pasado la puerta se detuvo un momento a saborear la atmosfera seca y tibia de la estación.
El andén estaba deserto a aquellas horas en aquel lugar lejos de todo.
Se sentó a esperar en un banco pero nada más dejarse caer con alivio en la madera del asiento vio como un neón situado encima de su cabeza empezaba a parpadear con un lieve ruido metálico hasta apagarse por completo.
Entonces una sombra transparente envolvió el banco pero Diego no se movió.
En la estación resonaban los gritos lejanos del viento que penetraba por la puertas semi abiertas.
Se oía también la lluvia que ahora caía del cielo gris formando holas y mojando la ciudad.
Diego cruzó las piernas y la madera del banco crujió debajo de su peso.
A los pocos minutos de sentarse él allí empezaron a apagarse en el andén otros neones, como estrellas desapariendo detrás de las espesas nubes de aquella noche.
El viento seguía silbando su triste canción y un soplo de aire helado llego por el carril del metro.
Diego se estremeció y empezó a cerrar su cazadora pero la cremallera le resistía.
Mientras se estaba esforzando con esa, el timbre de su móvil resonõ durante unos segundos y el eco de la estación prolungó durante otros pocos segundos el ruido que acabó desapareciendo a lo largo del andén frío.