"Ojalá me estuvieras viniendo conmigo,' dijo de repente.
"No llevaría mucho tiempo empaquetando," le contesté.
Dijo no con la cabeza, y sonrió: "No," dijo, "yo estaba bromeando.
No podemos estar los dos de viaje durante meses al mismo tiempo.
Es una responsabilidad, sabes, ser hacendado, aunque muchos no sienten lo mismo."
"Podría viajar contigo hasta Roma," dije, y la idea me emocionó.
"Y si el tiempo no me tardase, todavía regresaría a casa por la Navidad."
"No," dijo lentamente, "no, fue sólo un antojo.
No lo piensa más."
"Te sientes bastante bien, no?" Dije.
"No tienes dolor?"
"Dios mio, no," contestó riendo, "qué piensas que soy, un inválido?
Hace meses que no tengo ni una punzada de reumatismo.
Tienes que afrentarte al hecho de que amo mi casa demasiado.
Cuando tengas mi edad, quizás te sientas como yo."
Se levantó de su silla y se acercó a la ventana.
Sacó las cortinas pesadas y se quedó durante unos momentos mirando los prados.
Fue una tranquila tarde inmóvil.
Los cuervos se habían ido a dormir, y por una vez aun las lechuzas estuvieron tranquilas.