A veces, pasa.
Así, como si tuviera que pasar.
En medio de este grande número de nuevas experiencias, aventuras, sentimientos fuertes y días normales en un país extranjero, llega una nube negra.
Yyyyyyyyy….. echas de menos a tu casa más que todo.
Aunque ya es el segundo año que paso aquí, el otoño y el largo periodo antes de Navidad todavía tienen el mismo efecto en mí: me hacen echar de menos a cada persona y cada lugar de mi ciudad natal.
Nunca me he arrepentido de mi elección de irme de mi país, pero a veces quisiera no haberlo dejado todo y seguir rodeada por gente y cosas que conozco y entiendo.
Incluso me siento algo culpable por escapar de ese país que me dio de comer y me cuidó durante más de 18 años, que me enseño la vida y que me regaló la mayoría de los momentos más bonitos de mi existencia.
Ahora me doy cuenta de cuanto amo Suiza, de cuanto amo mi pequeña ciudad, mi pequeño piso, a mi familia, a mis amigos y todos estos momentos preciosos que ya hemos pasado juntos.
A causa de esta función especial de mi mente que borra todos los malos momentos y los malos sentimientos del pasado, tengo la impresión de que todo estaba absolutamente perfecto entonces.
Sé que no era así.
Sé que pronto habré probablemente superado esto y que ya no me faltará tanto mi casa.
Porque uno siempre acaba acostumbrándose (más o menos) a cualquier ausencia.
Pero de momento, aunque siga pasándolo genial aquí, estoy esperando con mucha ilusión a regresar a mi casa para Navidades.
Me estoy dando cuenta de que no importa donde vayas a vivir solo, en cuanto estés lejos de tu gente, siempre, de un cierto modo y a pesar de todas las personas que han entrado en tu nueva vida, te sentirás un poco solo en el mundo.